Vida con perros

Desde que tuve siete años, siempre ha habido una mascota en casa: a veces más. Y el 90% han sido perros. El otro 10% se reparte entre hámsters, gato, loros, pericos, palomas y aves silvestres domesticadas, pero el hecho es que en mi familia siempre han habido integrantes caninos. En algún momento hubo en casa tres perros al mismo tiempo, situación excepcional y enredada que tampoco duró mucho, pero que dentro de todo fue divertida (sobre todo en mi condición de niña sin hermanos) a pesar del trabajo extra que demandaba.

De modo que, como siempre digo a modo de broma culposa, cuando nació mi hija yo tenía mucha más experiencia con perros que con niños. Y tal como uno no compra hijos, tampoco compré a ninguno de mis perros. Ellos fueron llegando naturalmente, uno detrás del otro. Hoy me parece tan natural tener un perro en casa que no me imagino cómo será la vida diaria sin uno.

No recuerdo si fue nuestro Julio Ramón Ribeyro o si fue Gabo quien dijo que como los perros tienen la mala costumbre de morirse antes que sus amos, al tener perros uno tiene también varios duelos en su vida. Y cuando mi Malú hizo su último viaje, estuve tan triste que hice la clásica promesa “nunca más – fue la última vez”. Antes de Malú ya había enterrado a varios, pero Malú había sido una perra de muy buen carácter, juguetona, cariñosa, obediente, muy apegada a mí,  la engreída de todos los sobrinos y una gran compañera y guardiana durante 15 años. Su única debilidad era que odiaba a los gatos. Pero nunca mordió a ninguna persona, y la única vez que realmente atacó fue cuando un carnero que andaba suelto por el parque cargó contra mí; se le prendió de la papada y así lo distrajo, dándome tiempo de salir corriendo, mientras la dueña (la guardiana de una construcción) venía a llevárselo.

Ya no más, me dije. Nos quedamos solamente con Muffin, la pekinesa de mis padres, y como entonces estaba por casarme, no quería ningún otro perro hasta que tuviera hijos “para que sea el perro de los chicos”. Pero una mañana se apareció la hijita de la vecina cargando a una cachorrita sin dientes, sin duda de menos de un mes, rogándome:

- Mi mamá no me deja tenerla. Usted que tiene perros, ¿la podría recibir?

Iba a decir que no, pero no pude. La ví tan mal que pensé que se moriría esa misma noche, y me dio pena. Al menos estará en un lugar abrigado, pensé. Era tan pequeña que para que pudiese mamar tuvimos que conseguirle un biberón para prematuros. Una vez que pudo coger la mamadera, no sólo no se murió, sino que creció, creció y creció… a lo largo y a lo ancho. Nos encariñamos con ella, la llamamos Lola (es una larga historia) y se convirtió en otro integrante más de la familia. Y casi nos morimos del susto cuando tiempo después alguien intentó envenenarla con un raticida.

Algunos amigos bien intencionados nos aconsejaron “deshacernos del perro” cuando me embaracé. Yo les respondí:

- ¿Perro? ¿De qué perro me hablas?  No digas esas cosas. La Lola es mi hijita mayor. Punto.

La Lola me vio entrar a casa con mi hija recién nacida, y aceptó naturalmente el cambio en la familia. La ha visto crecer, ha sido su cuidadora y compañera de juegos. Y aunque es mayor que mi hija, hoy son las mejores amigas. Lo que es perfecto, porque mi hija, al igual que yo, no tiene hermanos. El único problemita de Lola es que nunca se ha enterado de que es un perro… y ya no tiene caso explicárselo. Sería muy duro para ella :)

Por cierto, la niña que me trajo a Lola también creció, y ahora es la bloguera Lilo. Sí, la misma que tiene de su mente su disco duro :) Y por cierto, ella finalmente convenció a su mamá y la dejaron tener perro, pocos meses después.

Y es que todo niño (o casi) quiere tener un perro. ¿Por qué? No sé decirlo.  Yo no recuerdo por qué fue que torturé a mis padres hasta que al fin me trajeron mi primer perro. Supongo que tenemos una especie de instinto atávico, implantado en nuestros cerebros desde las épocas en que los humanos primitivos salían a cazar con sus perros. Porque salvo aquellos perros adiestrados para trabajos especiales (perros guía, perros policía, o perros de búsqueda y rescate, por ejemplo) en realidad no los necesitamos para la vida urbana. No salimos a cazar, no tenemos sembríos que guardar, no hacemos nada que requiera que el perro trabaje con nosotros.

Pero cuando somos niños, nos encanta jugar con nuestros perros; no hay cosa comparable. De adultos, disfrutamos de su compañía, nos divierten sus gracias, socializamos un poco y hacemos ejercicio al sacarlos a pasear, ellos cuidan nuestras casas y a nuestros hijos… y si hay algo en ellos que nos permite llamarlos nuestros amigos es el hecho de que nos quieren sin condiciones. Amor con amor se paga, dicen.  La mejor frase que encontré sobre esto dice: Nosotros les damos a los perros el tiempo que nos sobra, el espacio que nos sobra y el amor que nos sobra. En cambio, ellos nos dan todo lo que tienen. Es el mejor trato que una persona puede hacer en su vida.

Y así, se ganan su sitio dentro de la familia.

Me quedo con las ganas de escribir sobre todos los otros perros que he tenido, porque sino este post va a quedar muy largo… será para otro día!!!

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7 comentarios en “Vida con perros

  1. uffffffffffffffffme has hecho sentir nostalgia por mi Junior. Es increíble…… Lo dan todo sin pedir nada a cambio, se ganan el cariño, la dedicación a puro pulso…. recuerdo cuando mi Junior, mi bello – como le decía – me esperaba al llegar del trabajo detrás de la puerta y no me dejaba hacer el geniograma porque quería estar sentado en mis piernas…Eso sí, cuando falleció dije nunca mas y así ha sido. Lo tuve 12 años y verlo sufrir en la clínica me golpeó mucho.
    Son seres extraordinarios y como bien dices nos quieren sin condiciones.

  2. “Nosotros les damos a los perros el tiempo que nos sobra, el espacio que nos sobra y el amor que nos sobra. En cambio, ellos nos dan todo lo que tienen.”.

    Igualito que los hombres.

  3. Muy lindo, Isabel! ¡Me alegra inmensamente que recibieras a Lola! Los animalitos que llegan a nuestras vidas, creo yo, nos los manda Dios. Imagínate!!! Yo tengo ocho!!!! Y uno más en un albergue! Me complican la vida, ¡Y mucho!, pero también me la alegran en la misma medida! Yo tampoco puedo ya imaginarme la vida sin ellos. :o)

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