El MRTA y Carmina Burana (crónica reeditada)

Nota 1: Esta crónica apareció en mi antiguo blog el viernes 1 de Junio de 2007.  Con una muy ligera corrección, la publico de nuevo, como recuerdo de una época muy , muy pródiga en singulares acontecimientos que últimamente me han regresado a la memoria por diversos sucesos de actualidad.

Las noticias de hoy informaron que salió en libertad condicional nada más y nada menos que Pacífico Castrellón, quien al salir de la cárcel pidió perdón al pueblo peruano. Para los desmemoriados, Castrellón es el panameño que fue capturado en1995 junto con Lori Berenson y otros 21 emerretistas.

Buscando más datos, me enteré que su excompañera tiene hasta una suerte de club de fans. Cierto que esos tribunales sin rostro no eran ninguna garantía de un juicio justo; pero también es cierto que si bien Berenson admitió en todo momento ser militante del MRTA, nunca se le llegó a probar que hubiera pertenecido a comandos de aniquilamiento.

Digresión. Yo no soy abogada, pero siempre me pareció extrañísimo eso de condenar a unos extranjeros por “traición a la patria”, y pensaba que ya que al parecer los del MRTA la habían agarrado de gringa lorna, debían simplemente deportarla a su país a que allá se encargaran de ella. En fin, sus abogados consiguieron que se revisara su caso en un juicio civil, cambiándose la acusación por la más coherente de “colaboración con el terrorismo” (ya que ella no negó haber colaborado con el MRTA, si no recuerdo mal) y y se supone que saldrá libre el 2015. Aunque, si ya salió Castrellón, quién sabe si a ella también la manden a su tierra antes.

Pero toda esta larga introducción es solamente para contarles que estas noticias me hicieron pensar ¿dónde estaba yo ese día de 1995 cuando los capturaron? Pues… lo recuerdo muy bien, pues fue uno de esos días en que todo se cruza y llenos de cosas que se convierten en recuerdos imborrables.

Ese día, en vez de dirigirme a casa después del trabajo, fui directamente a un auditorio muy conocido, pues iba a participar –como integrante del coro– en uno de los conciertos de la Orquesta Filarmónica. Por supuesto que, si el tráfico es usualmente una desgracia en horas punta, ese día fue especialmente atroz. Pasaba yo por una de esas artísticas épocas de vacas esqueléticas, de modo que tuve que subirme al micro repleto llevando mi uniforme del coro en la mano, evadir los intentos de un bebé de jalarme los aretes, pelearme con el cobrador porque no me quería dejar bajar donde yo quería… y claro, al bajar se me enganchó el taco en un hueco de la vereda y casi me lo rompo.

Llegué cuando ya estaban calentando voces, un tipo de tardanza que todos los directores odian a muerte. De algún modo, a pesar del roche y la agitación que sentía (porque había llegado corriendo) conseguí calentar con los demás, mientras me ponía con calateo solapa –mismo camerino de teatro– el uniforme negro. Desde luego, como en el teatro, en el mundillo de los músicos una vez que uno entra para actuar, se olvida de todo el mundo exterior, para concentrarse en esa magia única de re-crear colectivamente una obra una y otra vez.

La Rueda de la Fortuna, del Burana Codex.

La obra era Carmina Burana, de Carl Orff. Nos había costado mucho ensayo, no porque no nos supiéramos las partes –la mayoría éramos veteranos ya del mundillo coral– sino porque la cantidad de cantantes que se reunió para el coro era tan grande que nunca jamás pudimos ensayar todos juntos. Siempre faltaban varios, y eso era un problema bastante grande, pues bastaba con que uno o dos no tuvieran anotada tal o cual indicación de dinámica o fraseo dada en el ensayo anterior para que toda la fila de cantantes no sonara tan afiatada como Luchy (González) y Migue (Miguel Harth-Bedoya) quería. Si a eso le sumamos que en ese entonces más de una chiquilla suspiraba por Migue, disforzándose descaradamente en mitad del ensayo, pues… como que teníamos una bonita situación.

Así las cosas, calentamos, formamos las filas e ingresamos al escenario. Nos esperaba una sorpresa. Las gradas que nos habían puesto eran demasiado angostas. Es decir, podíamos pararnos sobre ellas, pero no estábamos cómodos: por momentos se movían ligeramente. Además, resultaban muy pequeñas. Así que todos los coreutas tuvimos que acomodarnos casi codo-con-codo.

Agitados, preocupados por cómo iba a salir el concierto, haciendo equilibrios, me percaté de que a última hora se había hecho presente por allí alguien que había sido “mi asunto” tiempo atrás (amor volat undique). Así las cosas, nos acomodamos, partituras en mano, y mientras la orquesta afinaba sus instrumentos Migue se dirigió a las voces femeninas:

– Chicas, mirada en alto… sonrían… ¿cómo se sienten?

Un murmullo recorrió las filas de sopranos y contraltos, y yo contesté, sin pensar:

– Migue, la verdad, estamos técnicamente histéricas.

Migue sonrió, benévolo, mientras casi todas mis compañeras se aguantaban para no hacer más ruido y tampoco caerse de la risa. No era que la frase fuese un gran chiste: pero en el estado de nerviosismo que nos encontrábamos, hasta la foto de Willy el Payaso nos habría hecho desahogarnos, creo. Después de todo, fortune plango vulnera…

Se abrió el telón. Aplausos. Migue nos guiñó un ojo y empezó el concierto.

Lo bueno del pánico escénico es que tiende a desvanecerse apenas uno empieza a actuar. De otro lado, algo tiene la música, algo tienen las obras maestras, que nos hacen trascender de nuestras limitadas humanidades, para permitirnos volar por un universo mágico que sólo existe mientras estamos interpretando (y sin necesidad de fumarse nada). Por los poco más de noventa minutos que duró el concierto, no sólo conseguimos superar nuestro nerviosismo y dar una interpretación a la altura esperada, sino que nos embelesamos y nos olvidamos de todos los problemas y trivialidades de la vida cotidiana.

Hasta que todo terminó y nos cambiamos para regresar cada uno a su casa. Era bastante tarde ya, y tras los saludos, conversaciones y demás jueguitos y rituales sociales post-concierto, me embarqué en un épico viaje en combi hasta mi casa. Eran ya poco más de las once de la noche, y a la altura del Óvalo de la Universidad de Lima había un embotellamiento bravísimo, cosa rara a esas horas.

Como había gran movimiento de carros policiales con circulinas, la conclusión a la que llegamos los pasajeros fue debe haber alguna batida y alistamos documentos en caso de que nos los pidieran. Dado que en esa época nadie tenía celulares, no tenía cómo avisar en casa que iba a llegar mucho más tarde de lo esperado.

Mis padres tampoco tenían cómo comunicarse conmigo. Y cuando al fin llegué a la esquina de mi casa, me encontré a mi papá divisando por la ventana a ver si yo llegaba. Entré a casa, al filo de la medianoche, encontrándome con mi papá en bata e increpándome nervioso, como nunca:

– ¡Pero, por qué te has demorado tanto!

– Pero papá, ni modo que yo haga correr a la orquesta ni que me salga a medio concierto pues… ¿qué pasa?

– ¿No sabes? ¡Los terroristas! ¡Los balazos!
– ¿Qué dices? (pensando ¿qué está pasando acá?)

Mi mamá salió del cuarto y tradujo:

– Ha habido una tremenda balacera porque encontraron a unos emerretistas con todo su arsenal en una casa por acá cerca. ¿Llegaste bien? ¿No escuchaste nada?

Empecé a entender: había ocurrido algo muy grande y no me había enterado de nada por estar en el concierto. De hecho, mientras nosotros cantábamos omnia sol temperat tenía lugar la prolongada balacera que terminó en la captura de Pacífico Castrellón, Lori Berenson y 21 secuaces. Por eso mi papá estaba preocupadísimo, pensando que podía cruzarme a mi regreso con el espectacular operativo de la captura. Y de hecho, de no haber terminado tan tarde ese concierto probablemente habría sido así. Cuando yo llegué a ese embotellamiento de tráfico, ya estaban levantando el cordón policial y permitiendo el paso en forma limitada (eso lo supe después).

27-Lori-Berenson-Reuters

Lori Berenson el día de su captura (Reuters).

Recién se me ocurrió ver la TV, que transmitía las ahora archiconocidas imágenes de Lori Berenson hecha una furia y con el puño en alto. Como mis papás ya estaban más tranquilos, bromeé:

– ¿Ya ven? Otro día que tengamos concierto no se desesperen pidiéndome que no llegue tan tarde.

Al día siguiente ví cómo había quedado la casa en cuestión tras la balacera. Parecía que la habían bombardeado. Las paredes estaban llenas de enormes agujeros, producto del enfrentamiento.

Han pasado –increíblemente rápidos– casi doce años desde esa fecha. En esa casa ahora funciona un jardín infantil, y todo el vecindario luce tan pacífico y ordenado como siempre, aunque ahora hay más tráfico y muchas más tiendas. Parece que allí jamás hubiera pasado nada violento ni fuera de lo normal.

Pero puedo asegurarles que los vecinos de esa casa no olvidarán nunca el miedo que sintieron ese día. No sé qué pensarán ellos de la liberación de Castrellón, el emerretista capturado ese día, pero no pienso ir a preguntarles. Hay heridas que es mejor no hurgar… y hay cosas que es mejor no saber. Este asunto es algo así como el reportaje que jamás quisiera hacer. Pero seguramente alguien lo hará.

Links periodísticos y memoriosos:

Pacífico Castrellón pide perdón al Perú

Castrellón volvería a Panamá.

Piden investigar a juez que liberó a Castrellón.

Procuraduría antiterrorista pide que Castrellón vuelva a prisión.

Caso Lori Berenson Mejía vs Perú – Gaceta Online del Tribunal Constitucional.

Sentencia de la CIDH – Caso Lori Berenson Mejía vs Perú.

Poder Judicial confirma sentencia de 20 años contra Lori Berenson.

Lori Berenson: prisionera de conciencia en el Perú.

Comité para la liberación de Lori Berenson

NOTA 2: El post original, con sus respectivos 14 comentarios de entonces, se publicó el 1 de junio de 2007 y pueden verlo clickeando aquí.

Video:

 

 

Nos vemos…


3 comentarios en “El MRTA y Carmina Burana (crónica reeditada)

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