Fuera de Lima… (meditaciones).

…fuera de Lima, las cosas transcurren a su propio tiempo. Incluso uno se encuentra con gente que vive aparentemente en otro tiempo, que transcurre de alguna manera paralelo al nuestro pero sin las mismas exigencias; lo cual no quiere decir que no tenga sus propias urgencias.

Sin embargo, no es lo mismo vivir gobernados por el despertador, el blackberry y los mensajes urgentes, que regirse por la salida y puesta del sol, por la espera de la estación lluviosa, por las fases de elaboración de lo que se ha de vender.

Pero no, no estoy hablando de idealismos ni de cosas románticas. Esta aparentemente tranquila vida puede ser muy dura; una granizada inesperada, una inundación, una helada fuerte, pueden llevarse de un plumazo y en minutos no solamente todos los días y meses de duro trabajo de sol a sol, sino el todo sustento del año entrante.

Nosotros, acostumbrados al auto, al celular, al twitter y al click, lo queremos todo al instante, y si la pizza demora más de media hora en llegar, hacemos rabieta y exigimos que sea gratis. Y en nuestros cómodos sillones, delante de nuestras computadoras, no nos damos cuenta de que todavía queda muchísima gente, miles, que todavía viven en tiempos más humanos, con necesidades mucho menos frívolas: gente que tiene que fabricarse ellos mismos artesanalmente sus propios adobes o ladrillos, uno por uno y a mano, cuando necesitan construir algo.

Familia elaborando adobes. Cochas, Huancayo. (M. Isabel Guerra)

En mi periplo por el Valle del Mantaro me encontré a este hombre elaborando esa pila de adobes que ven en la foto (clickeen para verla más grande). Toda la familia participaba en el proceso, pues es un arduo trabajo que requiere de toda la ayuda posible: juntar la paja, preparar el barro, mezclar el barro con la paja, meterla en los moldes, ajustarlos dentro, ponerlos a secar, etc…

El hombre estaba muy ocupado con este trabajo. Pasaba yo por el camino, cámara en mano, y al verme, sonrió y me saludó con la mano. Le devolví el saludo, obviamente, pensando en cuánto más amable era este hombre sencillo que muchos dizque sofisticados habitantes de la ciudad, que no sólo no se molestan en saludar sino que si pueden te echan de su vereda, o te empujan para pasar ellos primero si es el caso.

La próxima vez que se nos dé por impacientarnos por algo, quizás sea bueno que nos pongamos a fabricar adobes. A lo mejor descubrimos que al final eso que nos impacientaba no era tan importante.

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