Memorias

Enrique Valls

Enrique Valls (Cortesía de Amaurí Valls)

A la memoria de Enrique Valls Dorrego (1929-1995)

Querido Enrique: Parece mentira, parece que fue ayer, pero hace quince años ya que nos dejaste. Te fuiste antes de tiempo; pudiste ver la captura de Abimael Guzmán, pero te fuiste sin ver la fuga de Fujimori, sin ver la captura de Montesinos, sin enterarte de que los chicos ya no se quieren ir del país… y te fuiste sin hacer ruido:  tan discretamente que no me enteré hasta mucho después de tus funerales, lo que me hizo sentir miserable. Me consolé un poco recordando que siempre dijiste que teníamos que dar la noticia pero no ser parte de ella. Igual, yo no estaba preparada para la enorme tristeza de ver tu lápida y caer en cuenta de que no te había visitado desde hacía mucho, mucho tiempo, que no había podido contarte que al fin había podido volver a trabajar en mi carrera, que estaba retomando la profesión. Te habrías alegrado mucho.

Corría el final de los 80’s, una época terrible a nivel económico y político, pero a nivel noticias muy intensa y el sueño de todo corresponsal extranjero. En ese tiempo entré como practicante a la Agencia Efe, sin imaginar que allí se me abrirían nuevos horizontes, en más de un sentido.

Pilar y yo, las practicantes, éramos obviamente las más jóvenes del personal, y las consentidas de la redacción: aquellas a las en los primeros días se les perdonaban cosas como despistes, demoras, y metidas de pata. Seguramente que mis amigas las feministas dirían ahora que debíamos darnos por ofendidas por aquel trato un tanto paternalista, pero nosotras nunca nos sentimos mal por eso. Al contrario, eso nos ayudó a tener más confianza y a aprender el sistema de trabajo para finalmente poder hacer las cosas por nuestra cuenta.

Recuerdo a todos: la secretaria Gaby, Lucho, Pedro, Miguel, el Delegado Paco, y claro, el mayor de todos, Enrique Valls Dorrego, madrileño, quien entre su largo currículo incluía el singular hecho de haber reportado vía EFE una aparición de ovnis en el Perú. No era lo más significativo que había cubierto, pero ese hecho anecdótico era lo que todos recordaban más, como nos suele suceder a los periodistas.

A mí, particularmente, lo que más me agradaba de Enrique era que siempre tenía una sonrisa y una palabra bondadosa para todos, en especial para las novatas. Pasara lo que pasara, Enrique era incapaz de impacientarse, de estresarse ni mucho menos de gritarle a nadie: siempre seguía sereno a prueba de balas, fumando tranquilísimo, tomándose su tiempo para escribir los despachos de la agencia mientras canturreaba sus zarzuelas.

Paco, andaluz e hiperactivo Delegado de la agencia, se subía por las paredes del puro nervio que le daba el verlo tan tranquilo, y terminaba preguntándole a grito pelado:

– ¡Valls! ¿Ya salió eso?

Estos ruidosos contrapuntos entre dos temperamentos y edades tan opuestas podían sonar temibles… al principio. Pero una vez que nosotras nos acostumbramos al modo de hablar español (que para los timoratos oídos limeños suena como si los españoles se gritaran unos a otros todo el tiempo) estos encontronazos entre Enrique y Paco nos resultaban sumamente divertidos. Paco era (es) un apasionado de la fiesta brava, y no perdía ocasión de comentar de el torero tal o la corrida cual , o que si fulano sabía mucho de toros, o que si el toro tal (etcétera)…

– Hombre, venga ya, que de toros sólo saben las vacas!  -lo callaba Enrique, apagando un cigarro.

Un día me encontré a Enrique renegando y fastidiado, como nunca, porque Paco se había llevado el viejo radio que estaba ya habituado a manipular a ojo cerrado para escuchar las noticias de RPP, y le había dejado un radio nuevo, que le estaba haciendo pasar muchos trabajos para aprender a usarlo.

– Paco dijo que el otro radio estaba fallando y se lo llevó al taller -explicó Enrique.

Gaby y yo nos miramos extrañadas, pero no dijimos nada. Después de que Enrique se fue, Gaby no se aguantó más y le preguntó a Paco qué le había pasado al radio. Paco explotó, aguantándose a duras penas la risa:

– ¡No tiene nada, mujer! Era por joder…

Enrique Valls, joven (Cortesía de Amaurí Valls)

Enrique Valls, joven (Cortesía de Amaurí Valls)

Pero ambos, cada uno en su personal estilo, eran muy condescendientes y protectores con nosotras las practicantes. Entre cable y cable Enrique y yo conversábamos mucho, me iba enseñando los usos y trucos del trabajo de agencia, y nos fuimos haciendo amigos entrañables, pese a que tenía edad para ser mi padre. Y entre charla y charla, me pude ir haciendo idea a retazos de lo que había sido su vida. Nada fácil. ¿Extrañaba su tierra? Sí: pero no solamente el país del que había huido ya no existía, sino que además su vida estaba profundamente arraigada aquí. Me contó que cuando pudo volver de visita, al cabo de muchísimos años, se sintió como un extraño en su propia patria. Con eso, y con sus ocho hijos peruanos, lo único que quedaba era seguir mirando siempre hacia adelante.

Problemas tenía siempre, pero nunca le faltaba el buen humor. Años después, cuando yo ya no era practicante y estaba por allí de visita, la noticia de aquel día era que a Marta Sánchez le habían pagado una millonada por posar desnuda para no se qué revista: ante los cándidos y escandalizados comentarios de Gaby y míos, Enrique declaró muy suelto de huesos :

– Niña, si alguien quisiera pagar esa cantidad por verme desnudo, ¡yo también posaría!

Yo había ido a ver a Paco y Enrique por esos días de 1991 porque me iba de viaje a España, y ellos habían prometido darme consejos y tips para que me fuera mejor y evitar que me tratasen como a sudaca; Enrique ofreció además darme una carta para presentarme con Alicia, una de sus primas en Madrid.

Y Alicia me llevó de paseo, me llevó a comer, pasamos tiempo juntas, nos hicimos amigas, y continuamos escribiéndonos cartas y tarjetas durante años,  hasta que la dictadura de los emails, el chat, el Facebook y el Twitter me malacostumbraron tan horriblemente mal que se me empezó a hacer muy cuesta arriba coger el lapicero para escribir a mano. Perdóname Alicia, te juro que antes de fin de año te envío una carta de verdad…

Enrique, te cuento que en cierto modo te fuiste a tiempo; a tiempo para no ver lo que las nuevas tecnologías, los celulares con internet, la competencia por las migajas de la torta publicitaria, las presiones para lanzar la noticia antes que la competencia, la web 2.0 y demás supuestos adelantos tecnológicos le están haciendo a la profesión. A mí se me hace cuesta arriba escribir una carta a mano, pero hoy muchos periodistas se limitan a linkear y rebotar cosas de otros; ni se les ocurre hacer un par de llamadas telefónicas para verificar/cruzar datos, no digamos ya ir a la fuente o buscar información original, que era algo por lo que antes siempre competíamos unos con otros. No sé cuánta de la gente que alguna vez trabajó contigo lea estas líneas, pero todos los que te conocimos podemos dar fe de tu integridad para ejercer como se debe este oficio de locos que a veces puede ser tan pesado…

Estés en donde estés, Enrique Valls, te seguimos recordando. Seguro que hasta Paco te recuerda. Un besote, y va una de aquellas zarzuelas que tanto te gustaban…

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3 comentarios en “Memorias

  1. Alberto Cortez dice que cuando un amigo se va queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de un amigo, y que queda un tizón encendido que no se puede apagar ni con las aguas de un río.
    Qué verdad…
    Lindo homenaje a un ser sin duda excepcional, tal como se desprende de tus palabras.

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  2. En verdad me he quedado sorprendido de haber encontrado este texto tan singular sobre todo a dos días de que Enrique cumpliera “en caso de estar vivo aun” 81 años. Yo lo recuerdo con mucho amor y siempre que piendo en él estoy orgulloso de que haya sido mi padre, aun guardo muchos escritos suyos de “Ultima Hora”. Como cristiano se que está en un buen lugar esperando que lleguemos al encuentro…

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  3. Gabriela, es verdad, tienes toda la razón…

    Amaurí, encantada de que nos hayamos puesto en contacto, a ver si nos reunimos pronto. Saludos, y millones de gracias por las fotos, me he emocionado muchísimo al verlas…

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