Ataque de nostalgias.

Teatro Mocha Graña (Panoramio/Walterde)

Diciembre es la época del año en la que es más fácil que las nostalgias se nos vengan encima con cualquier pretexto. Sobre todo entre quienes ya tenemos suficientes años como para haber lidiado con varias pérdidas en la vida (de todo tipo).

Es casi como si ciertos recuerdos se despertasen por voluntad propia y se pusiesen a hacernos gestos burlones: buuuuu, aquí estoy, aquí estoy, nunca me olvidarás… 

No sé si eso es bueno o malo. Tampoco sé si “tiene que” ser bueno o malo. Los recuerdos y las nostalgias pueden ser la mar de alegres o el colmo de la tristeza, dependiendo de muchas circunstancias propias y ajenas: también se puede llorar de felicidad. Tengo la enorme suerte de que mis personales nostalgias pueden venir con cualquier signo, menos con el de la culpa, que suele ser uno de los más torturadores.

Prefiero quedarme con mi idea de que estas sensaciones son los recordatorios de que no me he pasado por la vida metida en una burbuja, que por algún lado caminé, que eso me ha dejado unas marcas, unos aprendizajes, una historia personal, y que todo eso es parte de lo que soy hoy… y que, si escucho a mi corazón y a mi conciencia, quizás me ayuden a fijar el rumbo de aquí en adelante. Después de todo, a estas alturas de la vida ya he aprendido que por cada cosa que se pierde, vienen otras cosas nuevas, y hay que estar listos para seguir adelante con la vida.

Sólo que a veces…

Jean y Donald.

Hace pocos días caminaba por Barranco, en muy buena compañía por cierto, y pasamos por el Paseo Saenz Peña.  Hacía mucho que no iba yo por allí. La vieja casona donde pasé muchísimas horas (muchos años en realidad) ensayando y compartiendo con mis amigos, donde encontraba siempre un refugio, que fue casi mi segundo hogar, donde encontré a otra familia, es ahora un gran teatro-centro cultural. Sigue estando administrada por la misma familia: sólo que la familia ha tenido varias bajas y varios de sus miembros, los más cercanos y queridos para mí, ya no se encuentran entre nosotros.

Le dije a mi compañero, quien nunca había estado allí:

- Vamos adentro, me apetece mostrarte este lugar…

Y entramos. Era muy temprano para la función, así que no había nadie. La vieja sala de recibo, donde solíamos charlar, donde se atendía a la gente que acudía a matricularse en los cursos, también estaba vacía, porque ahora se usan esas paredes para presentar exposiciones. El lugar, y sobre todo, olor de las viejas maderas me trajo de un porrazo el recuerdo de los pianos verticales con los que ensayábamos…y todos los recuerdos se me vinieron encima de golpe.

Por breves segundos cientos de imágenes se agolparon en mi mente. Los más fuertes, los de Jean conduciendo nuestros ensayos; Juanita y sus clases de danza, siempre apoyándonos también; Donald y su hermosa voz apoyando en la cuerda de los bajos; Alex y sus clases de flauta Suzuki; los niños de los grupos Cantate, Laudate, Exultate; la preparación de cada concierto, de cada viaje con el coro; las fiestas, los cumpleaños, los ensayos para las temporadas de villancicos cada Diciembre, los respectivos intercambios de regalos…

Y mientras yo ya temblaba cada vez más, de pronto vi la puerta que divide el área pública del área privada de esa casa. Me vino un gran flashback y vi a Jean entrando por esa puerta, lista para conducir el ensayo del sábado luego de haber tomado su siesta; pero las paredes desnudas me recordaron de pronto que ni era sábado, ni había ensayo, ni estábamos en 1991, ni Jean volvería a salir por esa puerta, ni Juanita haría sus pasos de danza, ni Donald me invitaría otro café en la cocina… salvo en mis recuerdos, claro.

No pude más. La única persona que me habría comprendido, Alejandrina, la empleada de toda la vida de esa casa, no se encontraba en ese momento. Si hubiese estado, no dudo que ambas nos habríamos abrazado a llorar juntas. Tampoco estaban Antonio (el abuelo) ni Toño (el nieto).

Y estando así las cosas, no quería echarme a llorar. Mi compañero no habría entendido a cabalidad qué me sucedía. En este momento andamos enfrascados en otros planes y proyectos que pertenecen al presente y al futuro, y si bien tenemos ya algún pasado juntos, tenemos también la dicha de que no lo hemos perdido, que sigue anclado en nosotros… y de que ambos seguimos caminando por este mundo.

De modo que sólo acerté a decirle, respirando muy hondo, mirando para otro lado y, como decimos aquí, chupándome los mocos para no llorar:

- Vámonos ya. No aguanto más, la nostalgia me está matando…

Y no, esta historia no tiene moraleja… eso creo. ¿O sí la tiene y no la veo aún?

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3 comentarios en “Ataque de nostalgias.

  1. Recordar a veces apena y otras nos alegra. Para mí, recordar es prueba de que hemos vivido, que el camino recorrido, con sus más y sus menos, ha dejado huella en nosotros. Y que, ojalá, nuestras huellas hayan dejado marca en los caminos de otros. Mejor si son marcas buenas.

  2. Qué bueno recordar a Jubilate y su vínculo con la familia Tarnawiecki, creo que todos los que pasamos por allí aprendimos mucho más que música y forjamos un vínculo que nos hizo seguir visitando esa casa por años aún después de que el coro terminó e incluso ahora que ya no están Jean, Juanita y Donald…

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