Mi Maestra

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Hace ya varios años que Jean Tarnawiecki dejó esta dimensión terrenal. Siempre quise escribir alguna semblanza u homenaje para ella, pero nunca pude: me desbordaba la emoción. Hoy, Día del Maestro, intentaré explicar algo de lo que significaron en mi experiencia vital los años que pasé aprendiendo con ella. Ojalá lo logre.

Jean no era peruana, pero nos enseñó a amar nuestro país y nuestra cultura; no era de mi sangre, pero me dio un lugar acogedor donde podía sentirme en familia y ser feliz; no era socióloga ni psicóloga ni activista de nada, pero nos enseñó con el ejemplo generosidad, tolerancia, respeto mutuo e igualdad (en todas las esferas), en una época en la que ni se pensaba en eso; pudo ser selectiva y escoger a solamente gente muy talentosa o con nivel musical avanzado para sus coros, pero ella no buscaba el aplauso fácil sino enseñar a los que no sabían; pudo haberse dedicado limeñamente a disfrutar sin complicaciones de su status social,  y de su familia, pero escogió darse el ingrato trabajo de hacer obra pedagógica y cultural en un país como el nuestro, y mientras tuvo fuerzas se fajó por eso.

En resumen, aunque Jean nunca estudió la carrera de Educación, todos la considerábamos MAESTRA, así, con mayúsculas y a todo nivel. En sus últimos años la labor de toda su vida fue reconocida por el Ministerio de Educación con la condecoración de las Palmas Artísticas (2005) y con la edición de su manual de enseñanza musical para maestros de aula, pero creo que no nos alcanzaría la vida para retribuirle todo lo que hizo por el Perú y por cada uno de nosotros.

Recuerdo alguna ocasión en que nuestra impaciencia juvenil (sobre todo la mía) saltó hasta el techo por las continuas equivocaciones de algunos nuevos coreutas. Después del ensayo, Jean me dijo muy tranquila: “Chabela, cualquier director puede hacer un coro con gente que ya sabe o con profesionales. Muchos ya lo hacen. Lo que yo quiero es que cualquier ama de casa, policía, secretaria, o estudiante, o cualquier persona que tenga ganas, pueda cantar en coro. Ya aprenderán. Se van a equivocar cada vez menos, hasta que se aprendan su parte”. Me hizo reflexionar, me dejó pensando, y el tiempo nos mostró que, efectivamente, como siempre, tenía razón.

Jean me enseñó que el verdadero maestro acepta a sus alumnos tal como son: el verdadero maestro no intenta convertir a sus alumnos en lo que él quiere que sean, sino que les da alas para que sean ellos mismos y vuelen por sí mismos. Nos tenía toda la paciencia del mundo, pero a cambio nos exigía asistencia, puntualidad, dedicación, y sobre todo, que nos esforzáramos en aprender. No quería enseñarnos “de memoria”, sino que leyéramos la música. Y aunque era muy tolerante y nos aguantaba muchas cosas, lo que no aguantaba era la ociosidad.

A veces me pregunto cómo tuvo Jean el coraje de juntar a esa enorme, dispersa y muy heterogénea masa coral que reunió para intepretar “La Pasión Según San Mateo” de J. S. Bach, , que tiene secciones a doble coro. Había gente de varios coros, de todas las edades, de toda procedencia social y académica y de todos los niveles musicales, y en resumen, éramos como se dice “un arroz con mango”. Pero Jean nunca dudó de que lo lograríamos (si acaso tuvo dudas, nunca las expresó en público), y claro, si La Maestra no lo dudaba, ¿por qué lo íbamos a dudar nosotros?

Ese fue el otro gran aporte que nos hizo Jean: la certeza de que si uno se dedica de verdad a seguir su sueño, lo logrará. Y nos dejó ese admirable ejemplo de maestra líder que no sólo no duda nunca de su gente y sus alumnos, sino que con su confianza la inspira a asumir retos y hacer cosas grandes.

Nuestro primer viaje internacional como coro, por ejemplo. Ni nuestras familias creían que en verdad se concretaría (hay que decir que eran otras épocas, más duras), y creo que mis padres tampoco se convencieron del todo hasta que me vieron llegar a casa con mi visado en el pasaporte, o hasta que efectivamente me vieron embarcar en el aeropuerto. Pero allí íbamos, de cara a un nuevo reto, guiados por Jean, quien con ese viaje nos mostraba que no hay que conformarse con lo logrado y que siempre hay que ir más allá.

Mientras más pasan los años, más cuenta me doy de todo lo que aprendí con ella. Creo que no entendí cuántas cosas me había enseñado mi gringa (en esos casi 20 años llegamos a ser amigas) hasta cuando yo misma me vi frente a mi primer grupo de estudiantes.

Hoy, cuando me enfrento a algún nuevo reto o dificultad en mi carrera en general, o en mi faceta de docente, me pregunto, ¿qué habría hecho Jean?

Hace poco me encontré con Marco Méndez, un amigo de esas épocas, que también estuvo en el coro con Jean y que también es docente hoy en día, y me comentaba exactamente lo mismo.

Alguna vez, cuando Jean estaba por jubilarse del todo, intenté decirle lo mucho que había influido en mi vida y lo mucho que me había dado. Con su sencillez de siempre, no me dejó ponerme solemne y me dijo: “En la vida todos tenemos alguna influencia sobre los que nos rodean, unos van y otros vienen, así es el mundo, y hay que tenerlo muy en cuenta”.  

Qué distinto sería el mundo si todos aprendiéramos esto y lo tuviéramos siempre en cuenta. Gracias gringa, por haber sido una inolvidable maestra, y por todo.

 

 

 

 

 

 

 

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